domingo, abril 22, 2007

Arthur Gamoneda


Diario de León

F i l a n d ó n
Especial Premio Cervantes
Domingo
22 de Abril de 2007

Bruno Marcos

Una literatura decantada, purificada hasta tomar el pulso de lo que no tiene pulso, una de las pocas obras que nos hace pensar que la poesía, hoy, sigue viva. Antonio Gamoneda, como una pesadilla, como un fogonazo de lucidez que nos ciega en medio de la escenografía general que nos sirve para espantar la verdad. Ha dejado dicho él que su literatura son todas las cosas reflejadas en el espejo de la muerte, como si fuera necesario recalcar, en esta Belle Époque en la que vivimos, que aún somos grávidos.
La narcosis masiva que nos fabricamos no es nueva, como tampoco es nueva la rebeldía de construir un árbol de palabras cuando no sólo el limbo sino el mismo cielo han sido clausurados.
¿Para qué la literatura? ¿Para construir la verdad? ¿Para dejar fe de que hemos sido cegados por la luz? El problema de nuestro tiempo parece ser que no nos atrevemos a mirar fijamente a lo que somos, que trocamos nuestro horizonte del pasado al futuro pero que seguimos fantaseando. Dudo que esta amnesia sea nueva. Al leer a Gamoneda tenemos la sensación de haber despertado de ella, de salir del reino de Morfeo al desierto del mundo real, donde los señuelos caen como títeres de oropel cuyos hilos han sido cortados por la tijera de la nada. Sin embargo esa esencialidad del desierto, esa poesía desnuda con la que se construye su imagen lo vuelve prístino y lo funda como materia.
Ante la concesión del premio Reina Sofía contestó –magistral- que lo agradece pero que no se excita, porque seguramente medita en que la sociedad valora su aventura como la de un Robinsón Crusoe, la admira, pero no está dispuesta a embarcarse en ella. Ante tanta gestión de la ansiedad disfrazada de gestión de la cultura, ante el disfraz metafísico de la fama él se mantiene fláccido, también cuando la estatua que desfila es la suya propia.
Algunas veces uno piensa que haberle conocido ha sido una fatalidad, que, quizá, sin saber de su vecindad, que, en nuestra ciudad, las palabras iban urdiendo una línea tan afilada hacia lo que no queremos pensar, pudiéramos haber vivido distraídos, como el tonto feliz del que hablara Quevedo, aquel que de todo lo que ignoraba se aprovechaba, que se dilataba cuanto más se estrechaba. No lo creo.
No sé quién, para criticarlo, ponía en boca suya algo así como este reproche: “¿Pero cómo pueden escribir así si saben que se van a morir?”. Y es cierto, ¿cómo podemos vivir así si sabemos que nos vamos a morir?
Ahora que ha recibido el premio Cervantes un sentimiento extraño nos invade, una contradicción, si era necesario transitar por esa senda de la soledad que purifica, si el aislamiento del poeta al que el mundo ignora ha conseguido tan bella poesía, ¿qué ocurrirá con ella cuando la banal administración de los reconocimientos la sitúe junto a lo vano?
Muchos de los que hablan de él ahora citan a Arthur Rimbaud. ¿Es posible?¿Rimbaud anciano?¿Ese tontuelo que pasó una temporada en el infierno y no quiso nunca más saber nada de la poesía pudiera haber desembocado en un Gamoneda? Quizá. No en vano, moribundo, con la pierna podrida, en la cama de un hospital de Marsella escribió Arthur a su hermana: “¿Para qué vivimos?”.

lunes, marzo 26, 2007

Lo que perdura lo fundan los poetas


José Luis Puerto y lo prístino del mundo

Bruno Marcos

Filandón, Diario de León

Domingo 25 de Marzo de 2007


Dice Hölderlin que la razón de ser de la existencia humana es poética, a lo que añade Heidegger que la poesía es la instauración del ser con la palabra.
“¿Qué debe mostrar el hombre? –se pregunta el filósofo alemán-. Su pertenencia a la tierra –contesta-. Esta pertenencia consiste en que el hombre es el heredero y el aprendiz de todas las cosas.” Pero estas cosas están en conflicto. A lo que las mantiene separadas, pero que igualmente las reúne, Hölderlin lo llama intimidad.
En la obra de José Luis Puerto vemos una repristinación del lenguaje que aspira a fundar, en lo poético, lo que de poético tiene la existencia. En su último libro poético, la antología titulada Memoria del Jardín, asistimos a la creación de una voz que va tocando los recuerdos no para añorar solamente el pasado sino para instaurarlos, a través de las palabras, en el tiempo, en lo duradero, asegurando, como Hölderlin, que lo que perdura lo fundan los poetas. Para ello su poesía, desde el principio, se ocupa de lo pequeño, de lo aparentemente insignificante, de lo cotidiano donde precisamente se revela la existencia. Puede tratarse de un poema a una mascota muerta agradeciéndole los buenos ratos que propició, o de ese ritual cotidiano en el que el poeta remueve el café al amanecer usando la misma cucharilla con la que sirvió a sus hijos la papilla; pero no nos engañemos, esta temática no supone una poesía prosaica, vulgar, sino todo lo contrario, es una iluminación atravesada de la pura belleza del lenguaje que permite profundizar en cada momento de la vida, acceder a lo que la experiencia tiene de trascendente.
Decía Baudelaire, tan distinto al poeta que nos ocupa, que lo bello está constituido por un elemento eterno, invariable, cuya cantidad resulta harto difícil determinar, y por un elemento relativo, circunstancial, que será, si se quiere, cada vez o en conjunto, la época, la moda, la moral y la pasión. José Luis Puerto equilibra perfectamente la balanza de la que habla Baudelaire, sabe despojar de lo superfluo para tocar el centro de lo primordial sin, por ello, renunciar al contexto, el aquí y el ahora, que, precisamente, se vuelven los garantes de la autenticidad de su voz. En su caso, al otro lado de la balanza no arroja la moda sino que, ese elemento circunstancial, es lo cotidiano, lo sencillo, lo inmediato.


Apunta Heidegger que esa permanencia que instauran los poetas se hace hacia lo histórico. Este histórico es, para los poetas, una inmanencia que se despliega en una música general. Así, Puerto, comienza un libro de estelas, muy gráficamente en él se habla de piedras grabadas por palabras. La piedra no ha de ser en su imaginario más que el propio lenguaje y sus leyendas también lenguaje, poesía.
Si, como Barthes sostenía, la literatura era más que la obra literaria una noción general de texto como sustancia que flota sobre el lenguaje, esta poesía bien pudiera ser texto que, además de flotar, se ancla fijando ser y tiempo, siendo estela.
Es significativo que ese ser histórico heideggeriano se plasmase certeramente en esas mismas botas viejas que pintara Van Gogh, y que el filósofo describiera en su ensayo El origen de la obra de arte. En un poema de José Luis Puerto titulado Estela para madre que zurce calcañares de calcetines asistimos a esa sensación de presenciar lo prístino, el origen, en una imagen que habría de ser para el poeta comparable a una anunciación de Fray Angélico.
No en vano el tema de la pobreza recorre esta poesía como un atributo colectivo aunque su núcleo sea la interiorización individual. No es sólo la pobreza de unos lo que percibe el lector sino la pobreza como el componente de una ontología. Actúa como herramienta esencializadora y nos permite ver lo que merece ser instaurado mediante el lenguaje. Donde el dinero no interviene nada cambia, permanecen la miseria o el dolor pero además se perpetúa lo esencial, lo puro. Es este uno de los temas más inquietantes de los que pueblan esta poesía. Es inusual, insólito, en nuestros días y en nuestro mundo, poner en valor la pobreza.
No podemos hablar de un costumbrismo rural, de un añoranza nostálgica de la arcadia, ni siquiera de una mitología del origen o de una elegía al uso sino de una instauración del ser en el lenguaje que funde todo eso en la trascendentalidad, constituyendo además así un yo imposible a todo narcisismo, un yo primordial y, por lo tanto, netamente poético, prácticamente clásico. Por todo esto es totalmente lógico que prime en la poesía de José Luis Puerto la adscripción a la infancia, pues es este el periodo en el que se descubre el mundo al tiempo que lo vamos nombrando. Era Juan Ramón Jiménez el que poetizaba cómo, a partir de la contemplación, la realidad entraba en las sílabas que la describen.
No es de extrañar, por tanto, que sea la niñez el espacio de arranque de toda su poesía porque es el espacio de lo prístino, de lo originario, donde la inteligencia sensible, tabla rasa, graba el mundo como si este naciera de nuevo, son las primeras sílabas del mundo con las que la existencia de las cosas, su ser, es soldado a las palabras, a sus nombres. No en vano aquellas enumeraciones de las palabras arcaicas, sus letanías: “...conventino, espeñitas, cirigüeñas, escalerón, esquila, campocasa,...”, como si los nombres fueran sarcófagos, como si las sucesiones fonéticas, a medida que perdían su valor semántico, alejadas de su contexto temporal, cobrasen la musicalidad sacra de lo ido pero que forma parte de lo que ha existido, y, por tanto, de la existencia.
Pero esas letanías son, también, una rebelión identitaria, una defensa de un yo hecho de palabras abolidas, que, junto con esa mirada hacia lo no atendido conforma un aliento social inusual alejado de la crítica estereotipada.

Bruno Marcos: Al leer tu antología he pensado en que se podría relacionar tu obra con el estudio que Heidegger hace sobre Hölderlin. Me gustaría saber si conoces ese opúsculo y si te ha influenciado o te ves reflejado en lo que en él se dice. Se repite en él algo que os he oído a ti y a Antonio Colinas sobre que la poesía es una forma de estar en el mundo.

José Luis Puerto: Sí, es un buen enfoque partir, para hablar de mi escritura, de ese ensayo de Heidegger sobre Hölderlin, que conozco desde mis épocas universitarias. Hölderlin es para mí la imagen más pura y más alta de lo que es ser poeta, es el arquetipo del poeta. Y su intuición en la elegía de "Vino y pan" de que hemos llegado tarde al mundo, cuando los dioses ya se han marchado, creo que nos define muy bien. Pues expresa cabalmente no sólo la tragedia de la contemporaneidad, sino la del hombre también. Y, claro, ser poeta (Antonio Colinas también lo dice) es, antes que otra cosa, un modo de estar en el mundo. Has tenido una extraordinaria intuición al querer partir de ahí para hablar de mi poesía.

B.M.: Creo que tú no recreas el pasado solamente sino que estampas el ser en el tiempo a través del lenguaje, (plásticamente en estelas) de ahí que me acordara de Heidegger.

J.L.P.: Me interesa la perspectiva en la que sitúas mi poesía, porque, efectivamente, no trato de recrear el pasado, sino buscar huellas, señales... de lo vivido que me orienten hacia el territorio del ser (es lo que me gusta llamar la gracia). Aunque tengo, a la vez, un sentimiento continuo de la herida (errancia, exilio, desposesión, repugnancia a todo poder, pero ya desde muchacho...) como algo que percibo abierto en mí y en el mundo... La piedad (el trato adecuado con lo otro, como dice María Zambrano), la ternura... como vías a ese territorio que lo abarca todo: la dignidad (algo por lo que pido cada día a esa divinidad ausente de nuestras perspectivas contemporáneas).

B. M.: Hay otro tema que me inquieta y que aparece en tu obra y que es el de la pobreza. A raíz de las sensaciones que he experimentado en algunos viajes he llegado a pensar que la pobreza es lo que más fascina al hombre occidental, aunque él no se dé cuenta; porque, en ella, se plasma la fijación del lugar y del tiempo, ya que allí donde se instaura la pobreza nada cambia. Parece como si esa estabilidad fijase nuestra mirada. Reconocemos la pobreza, aunque sea inconscientemente, con un aparente rechazo, como algo positivo. Y, luego, está esa extraña felicidad que no entendemos, por ejemplo, entre los pobres de India. Pienso que, tal vez, algo de esto se pueda trasladar a tu obra como fijación del mundo aunque creo que, claro, hay otros componentes.

J.L.P.: Me planteas algo, el motivo de la pobreza, que es uno de los hilos que siempre está en mi poesía. No la entiendo -como puede ocurrir desde la perspectiva occidental, en su mirada al llamado tercer mundo- como fijación de la realidad, del mundo. Sería muy largo de perfilar, para darte la que puede ser mi posición respecto a ella, te diré que antes de nada, es para mí un sentir que me acompaña desde niño y que parte de una realidad vivida. Se encuentra, por tanto, antes de cualquier racionalización, es algo previo, que está en un sustrato muy hondo de mi psique. Luego, en elaboraciones pausadas, donde ya interviene el pensar, la he ido viendo como algo positivo, porque me he ido dando cuenta de que se encuentra en la constelación de elementos que me interesan mucho: la esencialidad, el despojamiento, la desnudez, el silencio, el recogimiento... Y aquí sí que entonces tiene un punto también de rebeldía frente a la lógica capitalista occidental que se impone casi desde los inicios del mundo moderno. Calvino define y pregona al hombre como productor (la ética protestante, que es la ética del capitalismo). Y, frente a esa lógica, llega Miguel de Molinos (termina siendo víctima de todo tipo de inquisiciones) un poco después y dice justamente lo contrario: el quietismo, es decir, el hombre como contemplador. Y, en todo ese magma constelado, se incrusta mi visión de la pobreza. No sé si todo esto te arroja alguna luz o no. Nunca se me hubiera ocurrido entenderla como fijación del mundo; eso para mí sería como negarla. Pero aparece en mi escritura porque es un sentir que sigue encendido en mi interioridad. Es una presencia...

B. M.: Quizá sea tan sólo una experiencia personal mía, pero cuando visité Benarés tuve unas sensaciones que rozaban lo intolerable para cualquier sensibilidad por embrutecida que estuviera: procesiones de leprosos en distintos puntos de descomposición que salían de las callejuelas para seguirnos implorando limosna, mendigos de todo tipo, personas con malformaciones impensables, ancianos esperando la muerte para morir en el Ganges y romper el ciclo de las reencarnaciones, santones que vivían desnudos, cadáveres ardiendo, y, entre todo eso, una fuerte sensación no sé si de belleza o de autenticidad, o no sé si, quizás, un sentimiento de lo histórico en el presente, una perpetuación que acabé por achacar a la pobreza, a que nada cambiaba allí porque no intervenía el dinero como aquí cambiándolo todo. Efectivamente, como bien dices, la pobreza esencializadora, yo la veo además perpetuadora de una realidad igual a sí misma, como si ese Benarés fuera igual al de hace mil, dos mil años, porque no hay dinero para cambiarlo. Es como si yo viera que, de entre todo lo malo que tiene la pobreza, sobresaliera algo positivo: esa capacidad para retener, fijar el tiempo, instaurar el espacio, aunque este espacio sea degradante, horrible, en un mundo en el que, si hay dinero, todo cambia, nada permanece. Por eso que, al igual que tu poesía grabara el pasado en lenguaje, pensé que pudiera ser la pobreza precisamente una herramienta esencializadora que muestra -y permite que se dé- lo digno de ser perpetuado: la dignidad del ser.

J.L.P.: Sí, es un tema delicado el de la pobreza y tiene muchísimos matices. Laperspectiva que tú me das, a partir de tu visita a Benarés, me sorprende,pues nunca había hecho una reflexión desde ese lado, que me parece lúcidoy de un gran interés, ya que percibo a través de él un enfoque que tambiénhay que tener en cuenta.

B. M.: Veo en tu poesía una dimensión social totalmente novedosa ya que carece de maniqueísmo, de ese planteamiento estereotipado en el que la poesía social muestra lo evidente en una sociedad donde la crítica está presente en distintos ámbitos. La veo en las letanías de nombres, en las huellas del pasado en las que fijas la mirada, en lo minúsculo de los temas, incluso en el paisaje...

J.L.P.: La dimensión social está siempre en mi poesía, sí, expresada de muy distintos modos. Y es fruto de mi posición humana ante la vida. Y de una apuesta antigua por los humildes, por los desheredados, en los que siempre descubro la verdad más hermosa del existir. Hago míos, desde hace mucho tiempo, esos versos de José Martí, que forman parte de la letra de "Guantanamera": "Con los pobres de la tierra / quiero yo mi suerte echar". Es una dimensión que se afianza cada vez más en mí. Pero se configura más como una posición moral, que como una postura política (que no me interesa), pues excluyo de mi perspectiva humana y creativa cualquier tipo de sectarismo. Mi postura ante los seres humanos es siempre de aspiración a la comunión, algo que expresan muy bien estos versos de César Vallejo, en el poema "Masa": "Entonces, todos los hombres de la tierra / le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;/ incorporóse lentamente, / abrazó al primer hombre; echóse a andar...".

B.M.: Tu poesía está atravesada por un sentimiento de pérdida, además de otro que presenta una marginalidad respecto a lo que se considera digno de constituir lo histórico, lo que ha de trascender en el tiempo; pero, por otro lado, percibo una sensación paralela de felicidad más allá del propio placer que produce la belleza del lenguaje. Creo que me refiero a esa “posición interior”, ese “quietismo”, esa “gracia”. ¿Es posible una poesía de la felicidad?

J.L.P.: Hay conciencia de la pérdida, sí; pero deriva de otro tipo de conciencia, que es la de los dones: eso con lo que nos encontramos al venir al mundo, tanto dentro de nosotros, como en los ámbitos que nos toca vivir. Y de esa conciencia de los dones, nace el sentimiento de plenitud, que creo que también atraviesa mi escritura. Es esa sensación de felicidad de la que hablas; la provocan los dones, o la gracia, o el fervor, o el entusiasmo, que surge de nuestro interior, cuando percibimos que en lo poco, que en lo humilde, que en lo más inesperado, está lo más hermoso, ¡tan a nuestro alcance! El problema es que lo desechamos y lo profanamos. De ahí esa atención a lo pequeño, a los márgenes, a lo que puede pasar desapercibido..., que hay en mis versos. Eso que está más en la intrahistoria que en la historia. Y eso -ahora que se cumplen cuarenta años de su muerte- lo aprendí ya desde muy pronto en uno de mis maestros: Azorín. En definitiva, conviven en mi escritura, como también en mí, la elegía (herida, pérdida...) y la celebración (canto, alegría, felicidad, como tú dices). Desde niño, tengo la sensación de que la vida tendría que ser un itinerario por el paraíso (yo lo llamo jardín), que es a lo que estamos llamados. Pero ésa es la máxima profanación que sufrimos todos. ¡Y el ángel benjaminiano de la historia no puede detener su vuelo! Pero sueño con el momento de la salvación de los derrotados, de los inocentes, de los que se quedaron por el camino. Es el sueño más hermoso que tengo.

B.M.: Me gustaría que hablases un poco de cómo afrontas un mundo tan entregado al espectáculo como es el nuestro. Alguna vez hemos hablado de que preferimos que la poesía permanezca en las catacumbas. La gran mayoría de las artes plásticas se han incorporado al repertorio de actividades fungibles como ocio sin trascendencia. ¿Crees que la poesía acabe por agregarse a la industria cultural?

J.L.P: Uno de los aspectos más desagradables de la cultura y de la creación de nuestro tiempo es el proceso de teatralización a que está sometida. Todo es una pura "vanitas", un insoportable mercadeo, un "hit-parade" falso, una jerarquización que nada tiene que ver con el hecho creador ni con la elaboración de ese sustrato del espíritu que el ser humano necesita. Yo prefiero la vía interior. Y creo que es la mejor para la poesía; como, efectivamente, hemos comentado en nuestras conversaciones. Porque la poesía tiene lectores, no público, como creo que decía mi admirado Francisco Brines. Y eso es lo bueno, ese encuentro del lector que recrea la creación verbal y le da validez, porque es entonces cuando se produce esa expansión de las ondas a partir del centro. Y acaso la más notable condición del lector de poesía es la fidelidad, una fidelidad expansiva, que va ganando, por mecanismos misteriosos, a esa minoría de seres humanos que, en cada generación, sostiene el sentido del mundo. Con eso me conformo. Y creo que no es poco.

miércoles, enero 10, 2007

D I A R I O________2 0 0 7

Bruno Marcos

del payaso y el esqueleto

http://diariodebruno.blogspot.com

domingo, noviembre 19, 2006

Escritores Secretos

F i l a n d ó n
Diario de León
Domingo 19 de Noviembre de 2006
Bruno Marcos
Hay algo desagradable en las librerías de viejo. Recuerdo una que había aquí, apenas diez metros cuadrados en forma de ángulo obtuso. La mujer que la habitaba parecía ciudadana de una indigencia poblada de letras –seguramente lo era-, sepultada, un montón de horas al día, en una escombrera de libros destartalados. Me la enseñó Antoine Doinel, como la Biblioteca Pública, él transitaba por la ciudad con una curiosidad mucho más cosmopolita que la mía a pesar de sus muchas dioptrías. Aquella mujer, daba la sensación de vivir toda ella en un mundo de segunda o cuarta mano. Bajo una bombilla sucia parecía estar vestida con harapos de un tiempo indeterminado, de una mezcla de varios pretéritos que nadie quería ya recordar. Mal encarada, trabajaba, sobre todo, el libro de texto. A mediados de los ochenta, en España, todavía se hacía eso. Creo recordar que incluso, en una ocasión, juntamos algunos libros de cursos pasados y fuimos allá a que nos humillara por dos pesetas.
No es gratuito el retrato que, en Luces de Bohemia, se hace del librovejero. Valle lo muestra timando al pobre y ciego Max Estrella, cómplice del vil Don Lati. Cuando el poetastro encolerizado baja a la tienda a deshacer el trato el viejo arpía retira del mostrador los libros ante los ojos ciegos de Max comentando que, minutos antes, ha vendido el atadijo completo. Zaratustra lo apodan y es curioso pues siempre, en estas cuevas, hago el pequeño ritual de buscar el libro de Nietzsche y -magia- lo encuentro.
Las librerías de viejo me producen una mezcla de atracción y repulsa. Esa acumulación morbosa de lecturas no son enriquecidas sino ultrajadas por el tiempo y el desdén de sus anteriores dueños. Herederos incultos, irrespetuosos con un ancestro cura, maestro o abogado, o rateros de tres al cuarto han llevado esos libros a los anaqueles de segunda mano. Creo que, en el fondo, pienso que un país culto, civilizado, debería prohibir semejante negocio.
Son sitios descorazonadores. Una vez fui a la Cuesta de Moyano. Los libreros que allí me topé me parecieron mendigos, viejos despeinados, pálidos, metidos en abrigos también usados, acosados por un mundo tan inhóspito se me figuraban imposibles lectores, acaso peritos en desahucios. Leí en alguna ocasión que un escritor de ahora incluso compraba cartas, manojos de cartas personales de gente del pasado, gente normal que ya estará muerta hace lustros, gente que hablaba de su amor, de su añoranza, de sus esperanzas... No puedo quitarme esa idea de la cabeza, ¿cómo leer eso sin echarse a llorar?
Supongo que los libreros de viejo son una figura semejante a los dueños de casas de empeño y, como ellos, trabajan la luz desde el lado oscuro de la luna.
Ayer, un tanto errático por la ciudad, se me ocurrió ir a alguna de estas tiendas. La primera la desdeñé desde el escaparate porque tiene libros que aún salen nuevos al mercado y, en ella, no se sabe por qué, son más caros, lo cual me hace sospechar de la tasación. En la segunda me zambullí. No estaba mal, muy barato, libros de los sesenta que se desmoronaban al abrirlos como una hoja de árbol en otoño. Los clientes entraban con peticiones peregrinas, nada bibliófilas, y el librero a todos atendía con respeto, pero a nadie daba solución, cogía los teléfonos prometiendo avisar cuando encontrase lo solicitado y nunca reconocía no tener algo. Creo que pretende dar la sensación de que lo tiene todo y que si no te suministra lo requerido en el instante es por alguna clase de contingencia momentánea.
La tercera y última que visité tiene un inflado nombre nada literario y se encamina, con descaro, al decorativismo. Quien la regenta aspira a ser una de las personas más intratables del reino. Le di las buenas tardes y me interné en los libros. Todos son artesanías, cuero, oro, literatura de refilón. Al poco entraron dos clientes y, como yo, se adentraron en la tienda. Después vino un bohemio cincuentón con coleta, barba y voz de actor. El cascarrabias se desahogaba con él: “Es que estoy en un sinvivir. Entra la gente y se pone a buscar, a mirar los libros y no puede ser –decía como tomándonos por ladrones por el simple hecho de penetrar en su antro-. Aquí hay cosas carísimas. Esto llegó hasta aquí.” Los clientes, con mucha menos pinta de ladrones que ellos dos, oímos toda la conversación que, adrede, elevaban para ofender o amedrentar. El bohemio que parecía tener más mundo que el ogro librero le daba la razón en todo: “Sí, sí... tienes que poner un cordón azul de terciopelo ja, ja... En Madrid fulano no sé cuantos gritaba el precio medio del libro para espantar al personal... ja, ja... “ En eso encontré un ejemplar del Quijote de Avellaneda en versión casi de tebeo por 70 euros que, en su día, costó 1,5 pesetas. Luego el ogro se fue al desván y sacó unos paquetes que contenían diez tomos encuadernados en piel roja por el bohemio. Entonces le tocó a él: “A ver qué chapuza has hecho... Mira... Esto son pegotes de cola... y este golpe... todos golpeados... Esto es inadmisible, inadmisible totalmente... Y además no me puedo enfadar contigo porque la culpa la tengo yo por confiar en ti... Es que, es que esto lo haces a posta...” No se volvió a oír la voz de actor del bohemio. Agazapado en sí mismo aguantaba el chaparrón del Zaratustra como si fuera un niño malo que había encuadernado aquellos libros mal a sabiendas del chubasco. Apuré el tiempo para escuchar el desenlace pero no aguanté más y me fui. Creo que mi presencia espectral saliendo aceleradamente le disuadió de golpearlo.

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Dice Alejandro Sawa, el poeta real en el que se inspira Valle en Luces de Bohemia: “Hay que distinguir entre los hombres que ya tienen un nombre y los que no para que no se confunda Bohemia con Golfemia”. Teniendo en cuenta que el tan patético velatorio que registra Valle en su obra debe ser incluso menos grotesco y desangelado que el del propio Sawa en el que se basa, escucharle esta opinión aristocratizante de la bohemia no puede menos que conmovernos. ¿Cuál sería la diferencia para el iluminado Sawa entre bohemia y golfemia, entre el bohemio y el golfo?
Si atendemos al bello prólogo que le dedicara de forma póstuma Rubén Darío no habría mejor definición de ambos que el propio Sawa. Dicen que a Pío Baroja, después de aturrarle con versos de Verlaine durante varias horas, le pidió tres pesetas y que este le contestó que no las tenía. Sawa le preguntó si las tenía en casa. Pío contestó que sí y, entonces, Sawa le ordenó ir a por ellas. A la vuelta, de pie frente a la taberna, recibió el dinero diciéndole: “Ya puede marcharse”. También cuentan que Cansinos Assens fue a visitarle a su buhardilla en la que permanecía cubierto con una sábana porque no podía salir a la calle al haber empeñado sus pantalones. El joven Rafael, sin embargo, salió henchido de pasión literaria porque el excesivo e hiperbólico Sawa había gritado que era mejor no tener pantalones a no tener talento.
Manuel Machado lo describe en Epitafio a Alejandro Sawa: “Jamás hombre más nacido /para el placer, fue al dolor /más derecho./Jamás ninguno ha caído /con facha de vencedor /tan deshecho./Y es que él se daba a perder /como muchos a ganar. /Y su vida,/por la falta de querer /y sobra de regalar, /fue perdida./Es el morir y olvidar /mejor que amar y vivir. /Y más mérito el dejar /que el conseguir.”
No falto de sarcasmo Darío escribe en el antedicho prefacio: “Meses antes de expirar escribió tanteando, a pedido de un periodista que le visitara, esta frase: «Recuerdo de un hombre cuyas pupilas quedaron abrasadas por su afán de mirar fijamente a lo infinito.» Por eso se quemó las pupilas, y las mismas alas, la pobre águila. Se olvidó, por mirar fijamente lo infinito, de que era un señor de carne y hueso, de que tenía mujer e hija, de que era preciso hacer dinero. Aunque hubiera sido poco, pero dinero. Dinero para asegurar los días por venir, las consideraciones que deseaba, para comer, beber y fumar bien, con todo lo cual es indudable que se puede contemplar mejor, y sin ningún peligro, lo infinito.” He aquí toda la contradicción mayúscula entre el sueño y la realidad, entre el idealismo y el materialismo, la atracción y la repulsa hacia la bohemia, es decir, el verdadero capital de la bohemia, la ruina, que debería –en teoría- dar paso al espíritu.

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Larsen había conseguido el enlace. Una tienda de libros de lance que había cerrado años atrás y quería liquidar sus existencias. El primer paso fue fallido, el café en el que habíamos quedado estaba cerrado y, en el tiempo que tardó en aparecer el librero, dos yonquis, de los que casi ya no quedan, remontaron un jardincillo pegándose, con esa desgana con la que se golpean ellos, como sin fuerzas.
Al principio nos dijo que el almacén estaba en el casco antiguo y después aquí, a dos manzanas de mi casa. Con la espera especulamos con que se tratase de una encerrona para secuestrarnos y hacer con nosotros tráfico de lectores polvorientos.
Llegó el librero y resultó que el local era una antigua carnicería donde los libros desfallecían en la inanición por el suelo, en cajas de cartón, entre las patas de huérfanas banquetas y sobre alguna mesa.
Me sorprendí a mí mismo buscando y rebuscando allí donde asomaban librillos locales, cosas de autores de aquí que conocí algún día o de los que oí hablar. No sé si era el morbo o esa pura novela propia que buscamos todos.
Aunque estaban la totalidad de los libros amontonados y revueltos, por una suerte de lógica residual de algún pretérito orden, aparecían increíblemente agrupados por temática. Y, cuando volvías a un sitio por el que ya habías pasado y dabas por inspeccionado, siempre veías cosas distintas, "es -dije- la carnicería como el libro de arena de Borges".
Al fin, el grupo éramos tres hombres, una mujer, una niña y un librero en la carnicería-librería que era más pequeña que el salón de mi casa. Quien se entregó con más pasión al rastreo fue Larsen que, en cuclillas, diseccionó casi la totalidad del material que estaba por el piso y en los rincones. Cada vez que encontraba algo interesante me lanzaba el volumen hasta donde yo estaba. El librero en excedencia, con su voz de histrión, cantaba, de vez en cuando, los títulos más pintorescos que encontraba: “Marxismo y espíritu, Historia de la Iglesia Católica...”. No tanto porque pudieran interesarnos cuanto por reírse de las preocupaciones de la que debió ser su propia generación.
Detuve mi autismo zahorí y le dije: “Hay mucho comunismo, marxismo...”. Y él, no carente de ironía, añadió: “Era la época...”.
Seguimos otro rato levantando ácaros hasta que uno de nosotros, objetando que el polvo del libro viejo es cancerígeno, salió a fumar.
-El otro día-empezó a narrar el librero- fui con un amigo a ver una biblioteca que quería uno vender en un pueblo y el vendedor, un tipo lleno de tatuajes, nos llevó a una casa quemada, entramos por los escombros, subimos una escalera carbonizada y llegamos hasta una habitación y, allí, estaban los libros, en un recodo salvado del fuego...
-¿No tendrás –le dije cambiando de tema y sin querer meditar sobre lo muy alegórico del cuento, o si llevaba mil años contando la misma anécdota simbolista a todos sus clientes- alguna de las revistas que se hicieron aquí?
-Sí hombre, cómo no, siempre hubo aquí alguna revista... Ahora están estos chavales de la Estigia, pero cómo son, vienen a descubrirte a Lou Reed, Heidegger y cosas por el estilo...
-Bueno, será la forma que tienen de descubrirlo ellos, mostrándoselo a los demás como si fueran los primeros en ver que la tierra es redonda.
-Mira esto es de este de aquí que le publicaron esto al salir de la cárcel por atracar una farmacia. Todavía anda por ahí, se jubiló de funcionario con pocos años, cuarenta o así... Podía haber llegado a algo pero... Si es que toda esa época tiene una novela que alguien debería escribir...
-Tú mismo –añadió Larsen animando al librero.
-Escuchad –interrumpí yo- estos versos: “entre lotos descuartizados/ en toda la pretensión de la furia fecal/ os plancháis orejas y ojos/ y os roban todo...” ¿No os parece fascinante? Es como un Guillermo de Torre leonés en el albor de los años ochenta.
-¿No hubo aquí una revista en tiempo de Llamazares?
-Sí: Barro. Julito sí despuntó, fue de los pocos, llegó a Madrid un poco antes que yo, coincidió con que le arroparon los que estaban allí...
-Pero ahora parece que ha quedado en vía muerta.
-Sí, ha quedado en vía muerta, ha sacado esa novela que es de un pintor que va a Madrid, que le conocí yo, era de aquí, que ya murió...
-Mira, un Canto de la Tripulación, yo fui a clase con los dos hermanos Álix.
No me pillaba de nuevas toda esa letra derramada, carente de futuro, ya estoy familiarizado con la efimeridad de la literatura que se pretende eterna, la mía incluida, pero, de pronto, ver esas ediciones de Liborio Franco o Felisa Otero, a quienes traté en mi vanguardia, en una colección hecha con máquina de escribir, plagada de erratas, plasmando sentimientos tan ingenuos, tan autocomplacientes me desasosegó. No estaban mal como objetos, sólo les daba la solidez de libro un par de grapas en las comisuras de las hojas.
Creo que todo lo que compré fue por morbo: Las revistas que lo fueron de un escritor local, el único libro de poemas que escribió otro, algunos adonais aún sin desflorar, el Canto de la Tripulación plagado de tatuajes, drogas, palabrotas y travestis, unos cuadernos para cualesquiera diálogos, un circo varado, una rebelión de las masas en edición de masas, tres obras de teatro que jamás leeré, escogidas sólo por sus portadas modernistas de 1900 y una Teogonía en agonía. Larsen me cedió uno de sus hallazgos, un librito de las poesías completas y bilingües de Poe en homenaje a mi diario al que bauticé Nevermore (http://n-e-v-e-r-m-o-r-e-.blogspot.com). Al final Larsen compró un montón de libros distintos a los que había seleccionado, ni él conocía a los autores. “Me los habéis movido” nos acusaba. “Creo que le has comprado esos -le contesté- por pagar de alguna forma el derecho a entrar a rebuscar, como si esa adquisición, un tanto absurda, fuera la licencia para pasar a contemplar ese desastre del tiempo”.

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Pero la bohemia se remonta por los montes del tiempo. En una de las estampas socráticas, escritas por Platón, Sócrates y Eurípides son zarandeados por el populacho repentinamente agitado. El motivo es la aparición de una magnífica carroza que avanza lentamente. Palafreneros lujosamente ataviados y uno, a la cabeza del séquito, que grita: “¡Paso a mi señor el poeta Aristófanes!”. Hermipo, el carnicero, corre hacia el carruaje para saludar al popular autor. Platón le estaba pidiendo, momentos antes, opinión a Eurípides sobre una tragedia escrita por él y, el viejo dramaturgo, le había contestado: “...joven amigo, si tu vocación hacia la poesía es verdadera, con mi consejo y sin él has de meterte por su incierto camino; pero lo que si te digo es que este camino tiene tres sendas bien definidas: la honrada, la que deleitando trata de instruir, la que quiere y procura innovar, senda difícil y donde lo menos que suele cosecharse es la incomprensión y el desdén; la opuesta, la que tan sólo busca el medro y el aplauso, cosas ambas que no dejan de conseguirse poseyendo ese talento que no le niego a Aristófanes de ver el punto flaco y ridículo de las cosas y agigantarlo para que puedan también verlo y solazarse con él los miopes (ciegos) de la inteligencia, como suelen ser la casi totalidad de los hombres, y aun una tercera, que consiste en alabar lo tenido por santo y bueno, que siempre suele encontrar eco, siquiera por el bien parecer, aun entre quienes no creen en ello ni suelen practicarlo. Se puede ser un mediocre, un bufón o un poeta honrado: escoge, pero no olvides que en este último caso las mejores satisfacciones de tu obra habrás de encontrarlas en ella misma y en ti mismo.”
Nihil novum sub solem. Escribir para uno mismo o para esa abstracción incierta que es un lector del futuro. Al principio deseas que te lean pero, luego, vas descubriendo la felicidad de plegarte en ti mismo, confiado en que vayan desistiendo de seguirte los pocos que lo hacían, para ser más libre, para volver a proyectarte en el lector del futuro, ese ser extraño en el que jamás reparas y que es como una abstracción sublimada de tu narcisismo. Es decir, sólo crees que, un día, alguien aparecerá, después de ti, quizás un hijo, un nieto o un bisnieto, o un extraño que encontrará unos legajos –quizá en el librovejero- y los leerá, y el enterarse de lo que has escrito le cambiará la vida. Pero lo meditas y no encuentras otra forma de visualizarlo que pensar que, para que eso pasase, ese alguien tendría que ser uno como tú, exacto a ti.

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No contentos con las excursión a la librería-carnicería Larsen y yo urdimos el plan de ir a visitar al librero en su entorno con la excusa de elaborar un artículo o una novela sobre algunos escritores locales secretos que nuestro amigo pudiera haber conocido, el criterio de selección sería precisamente su secretismo, la poca o nula fama. En cierto modo no era otra cosa que un plan para dar plaza a ese doble sentimiento de fascinación y repulsa que me provocan los bohemios y las librerías de viejo, esa repetitiva atracción que me causan los escritores malos, las letras orilladas. Valle en Luces de Bohemia refleja esa contradicción entre los grandes ideales de los pobres literatos y la mezquindad cotidiana, el fracaso y el sueño roto trufados de aporías. Luces me gusta mucho pero me pone siempre muy triste. Recuerdo que en la ciudad de la rana en la calavera había un bohemio, Adares. Era un poeta que se colocaba en El Corrillo de la Plaza Mayor. Barba larga blanca y visera. Sobre los escalones de piedra ponía en venta sus libritos de poesía. Siempre que íbamos al café que había a sus espaldas el Calvo nos repetía que había hablado con él y que tenía un humor del demonio. Murió en el 2001 con casi ochenta años. Debía tener casi setenta cuando lo veíamos. No los aparentaba. A mí no acaba de gustarme. Se lo comenté hace poco a Ella y me dio la clave: “Es normal, no te gustaba Adares porque, aunque hiciera poesía y viviese una bohemia rodeada de las cosas que a ti te gustan, representaba lo que no querías llegar a ser, tu escribías y él representaba el fracaso...”
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-Pero si vamos a entrevistar al librero –añadió Larsen- no estaría demás que llevases algún libro tuyo, si te sobra, para que pareciésemos de verdad y no sólo un par de majaderos.
-El artículo se puede llamar Escritores secretos.
-Escritores secretos -musitó Larsen en voz alta- ... claro, claro... como tú... que ni siquiera los que más te conocen saben que escribes... o se les olvida...
Dicho esto Larsen se quedó callado entornando los ojos como si meditara después de encajar las piezas de un rompecabezas. No sé si quería decir que, entre el polvo cancerígeno de las librerías de viejo, investigando en la vida de los bohemios de antes y elucubrando que los atolondrados pícaros de hoy bien pudieran ser los bohemios de ahora, rechazándolos o fascinándome con ellos, lo que hago es buscarme. Tal vez. Pero, ¿y él?

sábado, noviembre 18, 2006

Epílogo 1

Bruno Marcos
Nunca llega el momento en el que te sientes resultado de ti mismo.
Han estado ella y ello dos semanas conmigo en el exilio y hemos sido muy felices. Todo ese destierro que me parecía tan horrible hasta en sus más mínimos detalles se tornó hermoso. Sin embargo tengo la sensación de haberme desvirtuado, como un vino que se deja abierto al sol sobre una mesa una tarde de verano.
El blog ha fenecido en estos días y además de perder esa posición de dominio que da el ser el narrador de la propia vida me doy cuenta de que me han abandonado mis fantasmas, los escasos lectores, los recuerdos... Esa liberación, esa curación de la que hablaba hace días, deja un hueco extraño, la nostalgia de un dolor crónico y familiar al que se echa de menos... Es muy romántico desearse enfermo, intensificar la vida con la pasión del dolor. Además la enfermedad es una licencia, un espacio libre para demorar la rutina gris de un mundo de cemento. De pequeño, con un acuerdo tácito, prolongábamos mi madre y yo los días de convalecencia después de cualquier catarro para creerme feliz por la casa aunque cargado de mocos mientras la cotidianeidad rugía tras las ventanas.
Siempre que he terminado un libro me ha invadido esta misma sensación, este vacío, como si todas las conclusiones –todas las curaciones- no me hubieran servido para nada, porque sigo estando ahí, desnudo en medio de la rutina. Acaso a ratos me recuerdo de mí mismo y me percibo un poco más construido, acaso repaso esas obras y percibo un algo de belleza arrojada al fondo del silencio...
Como quiero escribir un prólogo para la versión en libro del blog me gustaría que si alguien sigue ahí, al otro lado, me escribiera qué piensa o qué ha pensado de él. El libro aparecerá en la colección Plástica y Palabra de la Universadad de León e incorporará una serie de dibujos que titulé Suite del payaso y el esqueleto.
Animaos, tal vez os lo pague invitándoos a un vino en la taberna El cuervo sita en la emblemática calle bohemia leonesa de La Sal...

Imagen Juan Carlos Carbajo Larsen